Un día Cualquiera
Mi cuerpo me demanda descanso, pero mi cabeza no deja de darme vueltas desde hace más de media hora. Es extraño, porque el cansancio no es sólo físico sino que mis ánimos ya no dan para mucho. Sí, es extraño. Por una parte siento como si algo me extrajera las energías y me dejara totalmente vacío; pero por otro lado siento como tiemblan mis extremidades. Como si el chirririar de los huesos me advirtiera un eminente peligro. ¿De qué? Realmente no sé. Hasta hace poco mi cabeza divagaba como un pajarillo en el jardín; revoloteando de un lado a otro. Haciendo cada pirueta en el aire olvidando que el tiempo trascurría como lava de un volcán, sin que yo lo advirtiera.
Es curioso, porque hasta la semana pasada cualquier cosa sobre filosofía me ponía a pensar mucho. Volaba y volaba hacia altitudes increíbles, pero hoy ningún texto me dice nada. Sólo líneas contiguas que desfilan como hormigas sin que yo comprenda lo más mínimo. La verdad es muy raro lo que me está ocurriendo. Hasta mis sueños son sombríos, como el que tuve el día de ayer. Aunque la verdad no lo recuerdo. Sólo sé que caminaba por una ciudad desierta, con un cielo plomizo y que muy pronto estaba por anochecer. Sus calles las sentía tan desoladas, que pareciera ser que estaba en medio de un pueblo fantasma y la verdad es que no me agradaba. Caminaba a mucha prisa, porque sentía que en cualquier rincón acechaba el peligro. Sin embargo, hasta muy tarde me di cuenta que me había metido en un callejón sin salida. O al menos esa fue mi impresión, porque conforme me metía a una calle entraba a otra y a otra. Hasta que muy pronto me percaté que algo no marchaba bien. Quise volver sobre mis pasos, pero me di cuenta que me había metido por otros callejones.
En ese momento sentí un profundo pánico y una descarga helada recorrió todo mi cuerpo, hasta sentir como carcomía cada parte de mis extremidades. A esa siguió un estruendo que me dejó helado. El cielo estaba cada vez más oscuro y no lograba manera de hallar la salida. ¿En qué momento me metí en esto? Me pregunte. Me detuve por un momento y me paré en una esquina, repensando todo el trayecto. Entonces recordé que me había dejado llevar por una presencia fantasmagórica, que me llamaba con una voz dulce y suave. La seguí creyendo que había encontrado por fin la salvación al entorno gris sobre el que caminaba. Por un momento creí que era una presencia real, hasta que me di cuenta que mi cabeza me habia jugado una mala pasada y ahora estaba metido en este viejo callejón.
Sentí como se iba gestando una granada al interior de mi garganta que amenazaba con estallar en cualquier instante y yo trataba de apagarla. Pero por más que lo hacia las gotas que llevaban un buen rato acumuladas en el cielo empezaban a fluir como manantial mientras la granada vibraba, como un volcán a punto de hacer erupción. Luego un coro emergía de mis oídos, y con un cantico burlón repetía una y otra vez:
-¡Periquito, periquito! ¿Cuánto dejarás que tus patas se las lleve el rio?
